Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero si, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el
La salud de los enfermos
Cuando inesperadamente tía Clelia se sintió mal, en la familia hubo un momento de pánico y por varias horas nadie fue capaz de reaccionar y discutir un plan de acción, ni siquiera tío Roque que encontraba siempre la salida más atinada. A Carlos lo llamaron por teléfono a la oficina, Rosa y Pepa despidieron a los alumnos de piano y solfeo, y hasta tía Clelia se preocupó más por mamá que por ella misma. Estaba segura de que lo que sentía no era grave, pero a mamá no se le podían dar noticias inquietantes con su presión y su azúcar, de sobra sabían todos que el doctor Bonifaz había sido el primero en comprender y aprobar que le ocultaran a
La mañana verde
Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el
crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había
sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas
del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída desde los brillantes canales. Ahora, con un
cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo
pasaba de una oscuridad a otra.
crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había
sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas
del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída desde los brillantes canales. Ahora, con un
cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo
pasaba de una oscuridad a otra.
El ciclista del san cristobal
Además era el día de mi cumpleaños. Desde el balcón de la Alameda vi cruzar parsimoniosamente el cielo ese Sputnik ruso del que hablaron tanto los periódicos y no tomé ni así tanto porque al día siguiente era la primera prueba de ascensión de la temporada y mi madre estaba enferma en una pieza que no seria más grande que un closet. No me quedaba más que pedalear en el vacio con la nuca contra las baldosas para que la carne se me
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